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ARQUITECTURA

Las iglesias patrimoniales de Chiloé que pertenecen a la Escuela Chilota de Arquitectura Religiosa en Madera, se distinguen por una técnica arquitectónica en la que se mezclan saberes ancestrales y estilos adquiridos en el proceso de evangelización. Esta escuela refleja la creatividad y pericia de carpinteros que se han formado en la costa marítima y en las riberas de los ríos, especializándose en construcciones navales. La construcción es también resultado de una depurada técnica de ensambles, empalmes y uniones fijadas con tarugos de madera que prescinden o reducen la utilización de clavicotes de fierro.

Se habla de una tipología arquitectónica de las iglesias chilotas, pues todas ellas comparten un esquema básico, que presenta cinco elementos constitutivos:

1. La explanada frente a las iglesias que puede estar delimitada de forma natural por arboledas o desniveles, o bien artificial, transformándose en plazas.

2. La forma básica de la iglesia misional de Chiloé está conformada por un gran volumen horizontal, que tiene un techo de dos aguas, el cual se ensambla con un cuerpo vertical: la torre-fachada.

3. El volumen horizontal posee diversas dimensiones dependiendo de su uso como templo de peregrinación y del número de fieles que se congregan en él.

4. La ornamentación otorga singularidades a cada templo.

5. El modelo estructural-constructivo se ha mantenido sin variaciones hasta la fecha.

COMUNIDAD

Una de las principales características de la religiosidad chilota es el importante rol que cumplen las comunidades en el cuidado y mantención tanto de sus tradiciones como de los templos. Este rol permanece vivo en las comunidades y, pese a que en sus actividades no siempre se encuentran presentes los sacerdotes, ellas reciben permanentemente cursos de formación y asistencia religiosa, manteniendo así la unidad de la tradición y doctrina en la iglesia. Su origen se remonta a las características del propio proceso evangelizador, plasmado en lo que se ha denominado como La Misión Circular. A medida que los misioneros conformaban comunidades de creyentes entre las poblaciones indígenas, y en vista de lo esporádico de sus visitas a las islas, decidieron designar en cada localidad a residentes que cumplieran el papel de preservar el orden y cuidado de las iglesias, mientras otros prestaban servicios religiosos básicos a los demás creyentes.

De esta manera, desde el principio se designó a un patrón, “hombre de juicio” que, en ausencia de los sacerdotes, se ocupaba de velar por las iglesias. Otra figura importante entre los miembros de la comunidad fue el fiscal, pieza clave que hasta el día de hoy actúa como mediador entre el sacerdote y los fieles. Se trata de hombres que, con buena voluntad y formación religiosa, atienden algunas de las principales necesidades pastorales de cada comunidad, como animar la lectura de la Biblia, organizar reuniones de evangelización, las oraciones propias de cada comunidad, las diversas novenas y entonar los cantos sagrados dominicales. Por otra parte, visitan a los enfermos y acompañan moribundos. Cuando alguien fallece celebraran su responso, acompañan la sepultación y rezan la novena en su memoria.

Son las comunidades en su conjunto las que se ocupan de mantener esta tradición religiosa: ellas han construido y reconstruido, reparado y restaurado sus templos; han habitado, decorado y plasmado en ellos su visión de mundo.

MISIÓN CIRCULAR

Se conoce como Misión Circular al método pastoral mediante el cual misioneros jesuitas, y luego franciscanos, evangelizaron gran parte del archipiélago de Chiloé. En ella las distintas localidades eran visitadas por los sacerdotes en un recorrido anual que zarpaba desde la ciudad de Castro a fines de septiembre o inicios de diciembre.

Pese a que la evangelización de las islas comenzó con mercedarios y franciscanos, fueron los jesuitas quienes a principios del siglo XVII iniciaron con éxito la Misión Circular. Inicialmente fue comandada por Melchor Venegas y Juan Bautista Ferrufino, quienes arribaron a Chiloé en 1608. Para 1611 ya habían extendido su radio de acción al archipiélago de los chonos y a las islas de las Guaitecas y Guayaneco. Para dar continuidad a sus misiones, los jesuitas establecieron pequeños puntos de apoyo, donde edificaban capillas vinculadas a las residencias de Castro. Inicialmente estos puntos fueron Quinchao, Chonchi y Cailín.

A mediados del siglo XVII la Misión se reforzó con la presencia de fray Jerónimo de Oré, quien recorrió el archipiélago bautizando y confirmando a quienes habían sido evangelizados. En el mismo periodo, ya hacia 1673, se construyó el colegio del Dulce Nombre de Jesús en Castro, conformándose así una estructura de cabecera, que contemplaba varios templos dispersos en el entorno. Tras la expulsión de la compañía de Jesús, el Obispo de Concepción ordenó que los franciscanos se hicieran cargo de sus bienes y rearticularan las misiones.

RESTAURACIÓN

Así como las condiciones geográficas y climáticas de Chiloé han propiciado el surgimiento de su religiosidad tradicional y de la arquitectura que la acompaña, procurando también los materiales, le han impuesto, al mismo tiempo, una condición: la permanente necesidad de mantener, restaurar y reparar los templos.

Cada proceso de este tipo era, en la antigüedad, impulsado por las comunidades locales, que se organizaban, financiaban y tomaban decisiones. A su vez, y hasta el presente, los miembros de estas comunidades son quienes entregan su tiempo para llevarlos a cabo, pues de generación en generación han ido cultivando saberes en torno al oficio de la construcción, carpintería y talla en madera, que permiten recrear estas iglesias al modo de las originales. Ellos se denominan carpinteros de ribera, pues su conocimiento surge tanto del conocimiento de los recursos locales y de las posibilidades de los distintos tipos de madera nativa del territorio, como de la sabiduría que emerge del vínculo con el mar, los ríos y la navegación que ha marcado desde siempre a los habitantes de Chiloé.

En las últimas décadas, las comunidades han sido apoyadas en esta tarea por la Fundación Amigos de las Iglesias de Chiloé, que se ocupa de monitorear los templos y así conocer el estado de deterioro, lo que permite elaborar proyectos de conservación y protección, como también, proyectos de restauración patrimonial de las iglesias más dañadas. Buena parte de las iglesias ya han sido intervenidas gracias a este apoyo.

manual para guías_la ruta de las iglesias

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